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Relatos del Barrio Estación - "Ha llegado carta"

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Fuente: 1er Libro Relatos Barrio estación - Por Violanda Matus, Quella. - Libro publicado con la ayuda de los profesionales de Servicio País

Cuando niña vivía en una localidad que se llama Buen Retiro, en un campo que queda como a 10 kilómetros de Quella. Teníamos que caminar mucho junto a mis hermanos, primos y vecinos para poder tomar el ferrocarril que nos llevaba a al pueblo donde estudiábamos. Realizábamos ese trayecto todos los días.

Recuerdo que lo más complicado era cuando volvíamos a la casa. Nos teníamos que bajar del ferrocarril, pero el lugar que nos acomodaba, no tenía estación. Por lo tanto, dependíamos básicamente de la velocidad en la que se estuviera moviendo el tren. Si no paraba, o iba demasiado rápido, nos  teníamos que bajar en Unicavén y después caminar de vuelta varios kilómetros para llegar a nuestras casas.

El maquinista sabía que tenía que reducir la velocidad, pero a veces nos hacía la “talla” y pasaba rápido y no nos podíamos bajar. Lo mismo sucedía cuando teníamos que subir. Nunca pagamos un boleto, nos escondíamos del inspector. Igual viajábamos con un poco de miedo, con la incertidumbre de si nos podríamos bajar en el lugar que nos acomodaba.

Por lo general saltábamos del tren en movimiento, muchas veces nos caímos de él. Era muy peligroso, pero cuando uno es niño no mide los riesgos. Nuestros papás no podían saber, si se llegaban a enterar, el castigo era feroz,  pero por andar un poco más rápido  igual nos arriesgábamos.

 

Lo pasábamos bien a pesar de lo peligroso que era,  lo considerábamos como una aventura. Éramos un lote grande de niños haciendo lo mismo. A veces, también cruzábamos el puente Quella a pie. No  recuerdo cuántos metros tendría, pero es muy alto. En varias oportunidades perdimos bolsones que se nos cayeron al río.

En una oportunidad, unos niños estaban cruzando el puente a pie, cuando iban por la mitad, notaron que el tren venía acercándose rápidamente. Los niños intentaron apurarse  pero no  lograron  cruzar al otro lado. Menos mal que la estructura del puente tenía unos fierros a los costados que permitieron que se cobijaran  mientras el ferrocarril pasaba. Ahí se quedaron, abrazaditos, muertos de miedo. Gracias a Dios  no les pasó nada.

Muchas cosas sucedían cuando llegaba el tren al pueblo. La lectura de las cartas era otro suceso muy bonito. En Quella había un correo, y todas las cartas que llegaban, eran por ferrocarril. Un familiar nuestro, la Benita Sepúlveda, era la persona encargada de leer en voz alta el nombre de las personas que eran destinatarios de la correspondencia.

Era una ceremonia muy esperada. Todo el mundo se amontonaba afuera del correo a escuchar si alguien les había mandado una carta, encomienda o cualquier cosa. Por lo general, siempre estaban ubicadas las personas  a las que habitualmente les llegaba correspondencia. Ahí la señora Benita se paraba enfrente de todo el mundo y empezaba a leer en voz alta el nombre de las personas. Imagínese lo contento que se ponía uno cuando le llegaba una carta. Y a las que  no, se iban calladitos para sus casas.

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